domingo, 10 de febrero de 2013

Castigo

Te voy a sentar en una silla de enea. Y tiraré todo el tiempo que haga falta en repetirte tus errores, tus fallos, tus cabronadas. A ti mismo te tiraré, con el firme deseo de verte reventar de puro remordimiento. No quiero perderme ninguna parte: la sorpresa del principio, el momento en que entiendes de qué va esto, y lo niegas todo, cargado de hipocresía todo tú. La rabia que te contamina por dentro, escuchando verdades como puños que te golpean constantes, una gotera que te enciende paciente. El deseo de terminar, qué quieres de mi, qué puedo hacer, por qué esto (ese momento lo viviré intensamente, para destrozar las esperanzas que te florezcan del pecho por terminar tu castigo). La tristeza de tu situación, las lágrimas que derramarás, cada palabra que te perfore más que nunca tu interior; será un momento cumbre, porque conseguiré que tú mismo acompañes mis puñales con tu propia lengua, y un coro a dos voces ensangrentadas contra una misma presa clamará. Y con la última parte dudo, ojala fuera el espléndido momento de verte reventar roto totalmente de amargura de pensarte tanto, y que no sea verte escuchar una letanía que pierde fuelle porque te has endurecido y ya no te duele como antes. No importará eso. O revientas de puro remordimiento o explotarás de sed, de inanición, de puro ridículo al verte languidecer en una silla de enea.

Te voy a sentar en una silla de enea, febrero maldito y chupóptero cargado de exámenes que me quitan tiempo para leer, para escribir, para saborearme. Vas a odiarte tanto, por estar de exámenes, por no estar de carnavales, que me vas a dar la razón. Y en ese momento, te daré las gracias. Te terminaré. No estarás invitado a mi primero de marzo, fiesta de renacimiento.