lunes, 1 de julio de 2013

Madrid I - Partida y llegada

Empecé el viaje como mejor se puede empezar: perdiendo el autobús. A priori es mala suerte, pero salir más tarde fue un regalo con nombre de mujer: Pasionaria. Una doctora paraguaya en Bioquímica con la que salí de Granada dirección Madrid. Me regaló un trayecto ameno, una conversación agradable y una lección sobre América Latina; entronizamos a Lula da Silva, a José Mujica y al pueblo de Brasil. Supe de sus jóvenes ganas de ser actriz, de su suerte cuando recibió una beca en Washington, de su mayor suerte cuando pudo conocer Granada (considera a Granada la ciudad más hermosa del mundo, una ciudad de ensueño, después le sigue Cartagena de Indias, que considera pintoresca y hermosa). Hablamos de gastronomía, Literatura (Borges es complejo y Vargas Llosa, directamente, no le gusta) y Universidad, me encantó el uso constante de la palabra maestría, ¿por qué no abandonamos el máster y utilizamos esa hermosa palabra? No estoy siendo del todo sincero, lo que más me gustaba era su forma de hablar. Era una mezcla entre un porteño y un limeño, como si juntásemos un acento uruguayo y otro venezolano. Lindo.

Ocurrió un hecho mastodóntico. Hicimos una pausa en un área de servicio, Puerta de Andalucía, justo antes de entrar en Despeñaperros y abandonar una tierra que es un paraíso. La magnánima situación ocurrió junto a nuestra mesa: un bebé. Algo más que un bebé, un bebé que andaba. Prodigio de la cotidianidad, este momento no tenía ni pizca de ternura o amor, fue un acto de superación, de grandeza, de progreso. Entre este bebé y Armstrong apenas hay una barrera cosmográfica. Andaba, pero andaba con dificultad, con pesadez, como un principiante. En esta ficción, diré que sus primeros pasos los había dado tres noches antes de este viaje en el salón mientras su papá casi terminaba un puzle de un olivo. Aquel, claro, era un ejercicio más dentro de su nuevo programa de entrenamiento, pero tan iniciático que esas piernecitas luchando por seguir en pie, por dar un paso más, por no caer, tan tensas, tan concentrado, que era un ejemplo de superación totalmente poético. Maravillosamente real.

Pasionaria sonrió ante aquel elogio a la superación. Me habló de su tenacidad, de su capacidad de ser hormiguita, de no parar de trabajar, de tejer telas de araña, sin prisa pero sin pausa. Tricotaba. Al poco de pasar Despeñaperros, en La Mancha, se durmió. Despertó en Madrid, pasó por tierra quijotesca de la mejor manera posible, ¡soñando! Claro que despertó cargada de energía, preparada para seguir una labor lenta pero segura. Nos despedimos en la estación, ella iba a por un taxi, yo iba como los topos, bajo tierra, dirección Atocha, dirección Aranjuez, dirección Literatura.

Por cierto, minuto 42:05. Brasil gana uno a cero. Mi compañero de habitación muerte la almohada, servidor teclea. Quizás sea una traición a mi mismo mentar al fútbol, pero lo consideraré esta noche una licencia artística. Suspira. Atiende al televisor. Hemos cenado en los 100 Montaditos. Minuto 43:44. Brasil marca, dos a cero. No tenían Coca-Cola, así que pedí Pepsi.