viernes, 5 de julio de 2013

Madrid III - Librerías y bibliotecas

Me he montado una ruta de librerías, y me quedo con dos joyitas, cada una a su modo: Tipos Infames y La Central. Un local que daba gusto estar ahí y un edificio que bien podría pasar por cuerno de la abundancia. Y ya de por sí cargados de grandeza, eran algo más que estantes abarrotados de libros. Eran dos modelos de librería distintos, en la vanguardia de su formato.

En el folio de papel reciclado, doblado por la mitad, estaba escrito: Tipos Infames, narrativa independiente, San Joaquín 3. Ea, de Sol por Montera a Gran Vía y por Fuencarral hasta aquella calle. Todo bien, la descubro y entro. Paredes blancas, bien. Estantes a reventar, bien. Una barra de cafetería, sorprendente. Con sus máquinas para café, sus asientos altos, sus dependientes barbudos con camisa y su bohemio de turno con una copa de vino blanco y un libro. Que chute de alegría. En pleno ataque espontáneo entró una chica para sentarse en una mesita junto al escaparate, chica cuya actividad en la librería mientras estuve presente fue la siguiente: pidió Coca-Cola, volvió a la mesa, bebió, miró al horizonte (títulos de Anagrama), llegó otra chica que pidió una copa de vino tinto y charlaban en el momento en que me fui. En todo ese tiempo, aluciné de estante en estante, felicité a los libreros, elegí un libro, charlé brevemente con los barbudos, pagué el libro, les deseé mucha suerte a los libreros, salía de la librería, agradecía a los barbudos el trabajo que hacían. Sonreí a la calle San Joaquín.

Siguiendo el folio de papel reciclado, doblado por la mitad, seguía escrito: La Central de Callao. Callejeé hasta la Gran Vía, llegué a Callao y encontré la Central junto a una bocatería Rodilla, clásico madrileño que no entra en mi canon gastronómico. Siguiendo la cuestión alimentaria, la planta baja del edificio tiene una cafetería la mar de americana, con sus muffins, sin sus magdalenas, con sus donuts, sin sus palmeras. Esto es, claro, cosa prestigiosa. Aunque claro, cabe la posibilidad de que el consumidor medio de la librería desconozca la lindísima tradición pastelera granaína (sí, granaína, granadina es una bebida); porque si no, otro gallo le cantaría a la cafetería de la planta baja. Arriba me esperan secciones de poesía, narrativa, narrativa sin traducir, teatro, estudios, crítica y juguetitos infantiles que bien compraría para mí. Esto es, claro, una librería amplia, de fondo, una señora librería, para un público más especializado. Buscando, encontré inéditos de Octavio Paz, que dejaron de serlo gracias a la UNAM, y cosas fantásticas. De allí me llevé otros dos libros. Librería esta que giraba en torno a un patio central con letras en las paredes exteriores, ligeramente laberíntica, arrastrando una decoración que, ¡gracias! era tan vanguardista como el catálogo que ofrecían.

Anoto mentalmente la voluntad de volver a Madrid con ahorros sólo para dilapidarlos en ambas librerías, entronizarlas como sedes de construcción de mi biblioteca personal. Si a Borges le enseñara esto, no se qué diría.